Esta leyenda cuenta que había una hermosísima
princesa india llamada Elcha (en lengua aborigen significa espejo), reconocida
en su tribu por su belleza.
Esa tribu
estaba enfrentada a otra por la cual la bruja tenía simpatía. Elcha había
crecido con un compañero que no era de la nobleza pero a medida que pasaba el
tiempo, crecía entre ellos un sólido amor. Enterada de ello, la bruja de la
tribu convenció al padre de detener la actitud de enfrentamiento entre las
tribus mediante el casamiento de los príncipes.
La princesa
Elcha fue informada la noche anterior. Desesperada se lo comunicó a su amado y
escaparon velozmente hacia el norte. Minutos más tarde, enterados de la huida,
ambas tribus partieron en persecución al mando de la bruja.En un momento, los
jóvenes entendieron que habían extraviado el camino y siguieron hasta que los
detuvo un abrupto corte de la superficie que terminaba en la laguna. Miraron
hacia atrás y la luz de los relámpagos iluminó a sus perseguidores, que estaban
muy cerca. Elcha y el joven no lo pensaron y decidieron arrojarse al agua.
La primera al llegar y asomarse a la laguna fue la
bruja, en el instante en que lo hizo, una poderoso rayo se descargó sobre ella,
dejándola petrificada. El resto de los perseguidores también se acercaron
temerosos y vieron reflejada en la superficie, cual espejo la imagen de Elcha.
Desde entonces hasta hoy, tanto la bruja petrificada
como la imagen de Elcha se pueden distinguir y es por eso que los lugareños
bautizaron así esta laguna. Existe otra versión de esta leyenda. Trata de dos
tribus cuyos caciques eran enemigos. La hija de uno de los jefes se enamoró de
un indio de la otra tribu, por lo que ambos fueron separados. Al ver su amor
frustrado, la india lloraba desconsoladamente en la laguna que se convirtió en
piedra.
También se cuenta otra historia relacionada con sirenas.
Dicen que al aproximarse a la laguna se oía el canto de mujeres rubias que
estaban encantadas. Ellas eran mitad mujer, mitad pez. Estas sirenas, al
escuchar los más leves sonidos de personas, se arrojaban al agua y desaparecían.
Pero a una de estas criaturas, muy linda y orgullosa, Dios la castigó
convirtiéndola en piedra a la orilla de la laguna.
Esta laguna se
encuentra en el departamento de Malargüe, provincia de Mendoza. Su agua es muy
dulce y cristalina. Un lugar espléndido.
sábado, 30 de junio de 2012
Las Gemelas
Había dos hermanas gemelas que se llevaban muy
bien, como si hubiesen nacido siendo amigas: nunca se peleaban, rara vez
discutían, compartían todo lo que podían, tenían las mismas aficiones y
aversiones y hasta vestían parecido.
Toda su vida habían estado en un barrio
tranquilo, una zona residencial algo alejada del ajetreo propio de tantas partes
de la urbe. Aunque ahora por razones laborales, su madre les había dicho que
debían mudarse a una zona distinta de la ciudad, una parte en la que había mucha
más actividad y en consecuencia debían tener más cuidado.
Llegó así un día en que llamaron a la madre del
trabajo y, a diferencia de tantos otros días, las niñas debían cruzar solas una
calle bastante transitada. Como habían atravesado esa calle cientos de veces
junto a ella, la madre pensó que podía despreocuparse de sus hijas y les dijo
que tenía que irse rápido y que ellas podían cruzar solas sin problema siempre y
cuando miren a uno y otro lado y estén bien atentas a los automóviles.
Las niñas siguieron el consejo de la madre y esta
siguió su rumbo dándoles la espalda; pero, ni bien hubo caminado un par de
metros, oyó un ruido espantoso, algo parecido al ruido que hace un coco al
quebrarse.
Eran sus hijas, tendidas sobre el pavimento con
las cabezas aplastadas y los cerebros desparramados junto a esquirlas de hueso.
A lo lejos un camión huía a toda velocidad, el conductor probablemente
distraído con el teléfono o quizás tras haberse tomado un par de copas a la hora
de la comida, las arrolló sin tan siquiera reducir su velocidad. El imprudente
conductor al sentir los cuerpecitos aplastarse bajo las ruedas del camión
aceleró y no solamente no las auxilió, si no que además puso en peligro a otros
conductores que pudieron sufrir un accidente al cruzarse con él en su
desesperada huída.
Por desgracia todo el mundo quedó tan
conmocionado que nadie tuvo tiempo de apuntar su matrícula por lo que escapó
impune.
La madre lloraba desconsoladamente en medio del
tráfico detenido, gritaba y agitaba sus cuerpecitos como esperando que se
levantaran de nuevo y le ofrecieran una de sus sonrisas. ¿Cómo podría superar la
pérdida de sus angelitos de tan solo ocho años?
Dicen que el tiempo es el mejor remedio y así
fue… Era joven, tenía apenas unos 28 años y un par de años después, se quedó de
nuevo embarazada. Casualidades del destino tuvo otra vez gemelas: el problema es
que no lograba olvidar del todo a sus hijas fallecidas, sobre todo porque de
alguna u otra forma sus nuevas gemelas —que ahora tenían justo la edad en que
murieron las anteriores— le recordaban a sus primeras hijas.
Tenían tantas cosas en común que algunas veces
incluso se equivocaba de nombre al llamarlas y estallaba en lágrimas al
recordarlas…
Pero esta vez por nada del mundo descuidaría a
sus pequeñas. Las tenía terminantemente prohibido cruzar la calle solas.
Un día sin embargo vio que mientras jugaban en el
parque cerca de su casa se estaban acercando demasiado a la calle y,
aterrorizada, les gritó para que se detuvieran, a lo cual ellas respondieron al
unísono:
—No pensábamos cruzar, ya nos atropellaron una vez aquí y no volverá a ocurrir…
—No pensábamos cruzar, ya nos atropellaron una vez aquí y no volverá a ocurrir…
El regalo de mamá
Circula en Estados Unidos, a modo de leyenda, la
siguiente historia:
Después de dar la misa, un sacerdote católico se
encaminó hacia un apartamento ubicado en un viejo edificio del centro de la
ciudad. Medianamente alto, con la pintura descascarada y las verjas de las
ventanas carcomidas por el óxido. El edificio ubicado en un barrio marginal, muy
conocido por ser hogar de traficantes, prostitutas y drogadictos, era todo lo
opuesto a un lugar alegre y acogedor, sobre todo bajo un cielo gris como el que
en aquel momento lo cubría.
Tras tocar repetidas veces el timbre, el
sacerdote pudo escuchar la proximidad de unos pasos y entonces la puerta se
abrió: era un joven desaliñado y ojeroso, con cabello abundante, sucio y
desordenado. Su expresión no era precisamente afable: en ella se revelaba la
actitud de quien está fastidiado y cansado de la vida, de quien guarda una añeja
amargura y un desencanto generalizado hacia todas las cosas. Y el vicio, aquel
joven parecía haber envejecido interiormente a causa de diversos vicios:
alcohol, drogas, mujeres … Además tenía cara de haberse acabado de despertar por
los sonidos del timbre y, pese a parecer asombrado por la visita del cura, no se
veía de ningún modo complacido en tal visita…
— ¿Qué quiere? —preguntó el joven con
sequedad
— Me han llamado para administrarle los
últimos sacramentos a un moribundo.
— Creo que le han tomado el pelo. Aquí sólo
vivo yo
El padre dudó por un momento, bajó la cabeza de
forma pensativa y preocupada y luego, justo cuando volvía a alzar la mirada para
disculparse con el joven e irse, vio algo en el oscuro pasillo que lo asombró e
instantáneamente le hizo convencerse de que no había ninguna broma de por medio
y que simplemente el joven era un inconsciente sin deseos de ayudar.
— No, joven, aquí no hay ninguna broma. Quizá
usted no entiende la importancia del asunto o tiene cierta antipatía por la
Iglesia y los sacerdotes. Igualmente, lo único que le pido es que tenga
consideración hacia la mujer amorosa y cristiana que por la mañana me suplicó
que viniese acá. Tengo que cumplir lo antes posible con mi misión. Con su
permiso.
Tras decir eso, el sacerdote apartó al joven de
forma suave pero firme y determinada. Una vez dentro, vio en la mesita del
recibidor un retrato junto al cual yacía un ramo de flores secas y marchitas. En
el retrato se veía a una mujer mayor con ropa negra de luto, un gran crucifijo
en el cuello y un rostro cuya mirada y expresión delataban bondad pero también
un profundo envejecimiento ocasionado mucho más por el sufrimiento que por el
paso de los años: era la mujer que había solicitado la visita del sacerdote.
— ¿Ve el retrato de la mesita? Esa es la mujer
que me pidió venir.
— P… ¡pero qué dice! ¡Eso es imposible! ¡Ella
es mi madre y está muerta hace años!
Al joven lo sacudió un escalofrío. Gotas de frío
sudor empañaban su frente y su brazo derecho temblaba ligeramente mientras
sostenía el retrato de la mujer frente a su rostro nervioso y sufrido. Pero el
sacerdote parecía tranquilo, inmutable, como si algo en la conversación que tuvo
con la mujer del retrato le hubiese hecho intuir que aquella no era una
conversación normal, que algo misterioso había allí. Sereno, miró al joven y le
dijo:
— Hijo, quizá esto sea una especie de aviso de
que debes guiar tu vida al sendero de la rectitud, tu madre está velando por ti
y sufriendo desde el cielo por tus faltas.
Al oír eso el joven puso cara de no entender;
mas, pasado un momento, en sus ojos surgió un destello de comprensión súbita,
angustia y temor. Él lo sabía, sabía que el cura no mentía y que su madre le
había hablado. Pero su madre estaba muerta: él era quien habría de morir, y muy
pronto… Su madre aún cuidaba de él y no quería que muriese con una lista tan
larga de pecados sin perdonar. ¡Debía confesarse y recibir la comunión, debía
arrepentirse para ser perdonado y no caer en la oscuridad eterna del
Infierno!
Por un momento el joven lloró conmovido por el
amor de su madre y el impacto que representaba saber que sí existía aquel mundo
espiritual del que tanto había dudado y al que tanto había despreciado. No había
pisado una iglesia desde niño, pero lo que estaba viviendo le convenció de que
era tiempo de cambiar y reconciliarse con Dios aunque fuera en sus últimos
momentos…
Tras varias horas dialogando con el sacerdote
sobre su vida, su madre y como ella enfermó de tristeza cuando él se metió en
las drogas. Un sufrimiento que la llevó a morir sola y repudiada por su único
hijo que estaba más preocupado por lograr su dosis diaria que por atender a una
pobre anciana que se desvivía por ayudarle. El chico profundamente arrepentido y
desecho en lágrimas se confesó al párroco quien le absolvió de sus pecados y le
dio la comunión. Al irse el cura, el joven regresó a su soledad con una mezcla
de alegría por haber sido liberado y temor.
Falleció esa misma noche mientras dormía, de
forma repentina e inexplicable. Dicen que fue un paro cardíaco, pero es sabido
que los médicos suelen diagnosticar eso cuando no saben a ciencia cierta qué
pasó. En todo caso, lo importante es que el joven murió en paz y totalmente
limpio de cualquier droga y pecado. En su velatorio, quienes lo conocían se
sorprendieron porque el joven, mientras vivió, jamás mostró una sonrisa tan
dulce y serena como la que, antes de partir, dejó grabada en su rostro.
La Leyenda del Futre
La leyenda cuenta que el Futre se había instalado en las cercanías de la actual villa Las Cuevas (Departamento Las Heras, Mendoza – Argentina, límite con Chile), lugar elegido para realizar los pagos a los trabajadores. Pero esa noche fue asaltado por un grupo de facinerosos, que le robaron todo el dinero y le dieron muerte.
Desde esa fatídica noche, se dice que el Futre recorren las montañas mendocinas en calidad de fantasma, y a todo que se cruce en su camino le pregunta por el dinero que fue robado, luego desaparece en la oscuridad de la noche.
Pero existe otra versión del Futre, el cual habría sido un trabajador chileno que trabajaba en el ferroviario, el cual estaba contratado como tantos otros para la construcción del Ferrocarril Trasandino. Se dice que las noches en que cobraba su sueldo, le gustaba ir a un bar de las cercanías a beber algunos tragos. Un día de aquellos salió muy borracho y se quedó dormido colocando su cabeza en los rieles del tren, para su mala suerte un vehículo de mantenimiento que andaba por aquellos rieles pasó esa noche decapitándolo por completo.
Desde esa noche muchos aseguran verlo con su cabeza en la mano, como un espectro que vaga por las inmediaciones del ferrocarril, aunque todos aseguran que es de carácter pacífico y amigable
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